Margarita

Margarita se despertó, alegre al ver que amanecía un día soleado. Eso era perfecto para ella, pues necesitaba la luz del sol para nutrirse. Ella era una flor peculiar, única en el mundo, sus pétalos eran negros, negros como la oscuridad de la noche, negros como el eterno universo y su centro era rojo, un precioso y sangrante rojo brillante, como el de un corazón bombeando, como el de un pintalabios que, al besar, se queda marcado en la piel. Era una preciosa flor y única en el mundo. Pero ella no se sentía única. Era la extraña y las otras margaritas se aseguraban que ella se sintiese así. Rara.

Ella no lo sabía, pero ese día no solo era soleado, sino que su vida cambiaría por completo. Estaba tomando el sol, tranquila haciendo la fotosíntesis hasta que de repente se posó delicadamente una abeja. Margarita la observó, muy sorprendida de ver que esa pequeña abeja era totalmente blanca. Sus patas, su cuerpo, su pelusilla e incluso sus antenas. Era blanca y pura como la nieve. Era realmente bonita.

– ¿Cómo es que eres blanca? – le preguntó Margarita tímidamente, con ganas de saber la respuesta.

– Nací así – respondió simplemente la abeja.

– Pero… – Margarita dudó, estaba delante de una abeja diferente a las demás y ella también lo era – Pero, eres diferente a las demás.

La abeja dejó de revolotear sus alas y se posó de nuevo tranquilamente sobre la bella flor y dijo:

– Tú también eres diferente a las demás.

– Ya, pero… Soy una flor rara, que nadie acepta – dijo tristemente, Margarita – todas las flores se burlan de mí, ni los insectos como tú se acercan.

– Eso es por qué no te aceptas tal y como eres – le dijo la abeja blanca – dentro de todas las abejas, soy muy admirada de hecho, soy la reina.

– ¿Y cómo has hecho para conseguir ser la reina? – preguntó Margarita muy curiosa.

– Mostrar al mundo mi rareza, mostrar al mundo mi belleza, mostrar al mundo que no hay nadie como yo, y el mundo me admiró. Espero que te sirva de consejo y gracias por alimentarme, tienes un corazón perfecto y puro. Y cuando estés preparada para mostrarte al mundo, vamos a crear más flores como tú.

Esa noche Margarita no pudo dormir, su pequeña cabeza no paraba de darle vueltas a la conversación con esa abeja blanca. Al día siguiente, el día también amaneció soleado, pero Margarita seguía pensando en todo lo que le dijo ese animalillo.

– ¡Mira, cariño! – chilló una chica de repente en la lejanía – mira que flor tan bonita.

En otras circunstancias se habría escondido detrás de otra margarita, pero esa vez fue distinto, se abrió mostrando toda su belleza.

Al día siguiente, vinieron más personas a hacerse fotos con Margarita y así hasta que todo el mundo conoció su especie, fue a partir de ese entonces que fue catalogada como la flor más bonita del mundo. Esa tímida flor, miedosa de darse a conocer al mundo, de mostrarse su rareza, de no hacer caso de las burlas, se volvió una flor segura de sí misma y junto con la abeja, crearon más flores como ella, llenando campos donde la gente venía a hacerse fotos y jardineros venían a regarlas y cuidarlas.

 

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