De una imagen surge una historia sobre carnívoros

Cuando vio que se acercaba al lugar, giró la llave para cortar el contacto y apagar la moto. Con sigilo, se acercó a la zona indicada, a la dirección que ponía en la nota que le habían entregado en la base. Era muy peligroso salir, por ello había decidido hacerlo durante el día, aun corriendo el riesgo de ser visto. Él también vería con mejor claridad si alguien intentaba…

Se quitó el casco de la moto y su pelo castaño quedó repartido de forma aleatoria por su cara, varios mechones le tapaban la visibilidad, pues se depositaban tranquilamente encima de sus ojos azul cielo y mejillas. Se quitó los guantes de cuero y pasó con contundencia la mano por el pelo, tratándolo de peinar hacia atrás. Miró su alrededor, no había ni una sola alma en la calle. Algunos de los coches estaban simplemente abandonados, roñosos y sin limpiar.

No había nadie que lo hiciese.

Otros estaban destrozados, los carnívoros eran muy fuertes y agresivos cuando tenían hambre. Seguramente habían roto el cristal y sacado a la fuerza a la persona que intentaba usar el coche como escudo, en vano… claro está.

Se paró frente a una puerta, de metal negro y algo oxidado. Apoyó la mano sobre ella y empujó con suavidad, tratando de no hacer ni un solo ruido. La puerta cedió, dejado paso a un pequeño patio, las casas blancas que lo rodeaban necesitaban una mano de pintura, parecía un lugar totalmente abandonado a su suerte.

Avanzó unos pasos…

Afinó el oído, le había parecido escuchar algo… Su nariz se arrugó frente al olor que emanaba de ese lugar, frunció el ceño y miró hacia su izquierda. Un olor a sangre seca y a carne desintegrándose…

Aunque, tan solo vio diferentes objetos dejados de lado, olvidados…

Por la noche, ese sitio era del todo menos recomendable. Menos mal que he venido cuando hay luz, pensó. Se acercó con suavidad, pues tenía que llegar a la puerta de madera del fondo, la pequeña ventana de su lado emanaba una tenue luz. Allí es donde tenía que reunirse.

Caminó tratando de no hacer ningún ruido, por el camino se encontró unas cajas amarillas, un colchón donde alguien dormía, una puerta totalmente inservible y…

¡Mierda!, maldijo una y otra vez. Justo detrás de la pared donde reposaba el colchón, había dos siluetas y un charco de sangre ya de color carmesí. La sangre ya se había secado. Una de las siluetas era más pequeña que la otra, mucho más. La otra, tendida en el suelo, tenía los ojos abiertos, mirando…

No, ya no miraba nada.

Estaba vacía, sus ojos vidriosos. Era una mujer, de mediana edad, diría que poco más de treinta años.

Un pequeño gruñido que salió de quién había sido responsable de la muerte de esa mujer, llamó su atención. Manteniendo las distancias, entrecerró los ojos para ver mejor. Era una niña… con el cabello totalmente alborotado y manchado de sangre. Comía a la velocidad de la luz, con una rapidez sorprendente. Debería tener seis años… pero no era una niña cualquiera, tampoco se podría decir que era humana.

Un humano no come a otros humanos, ni tampoco tiene la capacidad de perforar los huesos y tejidos de esta manera, y menos si es un crío. Nunca había entendido cómo lo hacían, no sufrían ninguna mutación extraña, como sucede en las películas de zombis. Eran normales, solo que…

Se acercó por detrás y sin muchas ganas sacó el cuchillo de la funda perfectamente colocada en su cinturón. A nadie le apetecía matar a carnívoros, y mucho menos si eran niños. Cogió el mango con fuerza, los músculos de su brazo derecho se tensaron. Un golpe seco en la cabeza sería suficiente. La hoja no tuvo problemas en romper el hueso y los tejidos de esa pequeña cabeza tan concentrada en comer. El cuerpo de la niña se desplomó encima del de la otra mujer, ambas sin vida. Seguramente eran familia.

– Ahora estáis en un lugar mucho mejor – susurró mirando ambos cuerpos, totalmente acoplados el uno con el otro. Una imagen que tardaría mucho en olvidar. Se giró de golpe hacia la puerta, entornada. Una cabeza calva se asomó por ella. Miró los cuerpos sin vida con los ojos llenos de lágrimas. Luego su mirada triste y… ¿aliviada? se depositó en los ojos del invitado. El hombre desconocido abrió la boca para decir algo. Su voz no salió, así que se aclaró la garganta y tragó la poca saliva que tenía.

– Gracias… – El chico de pelo castaño asintió y volvió a mirarlas. – Eran mi mujer y mi hija… – Se le quebró la voz. Cerró a puerta de repente, quitó el seguro y la abrió de nuevo, de par en par. – Entra, por favor.

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